Estos dos conceptos, aunque afines y en muchos sentidos asimilables, presentan algunas diferencias sustanciales.

El copyright es propio de la tradición anglosajona (Reino Unido, Estados Unidos) y responde a una inspiración «mercantilista». Persigue que el autor venda los derechos de su obra de una sola vez y para siempre cuando cede su explotación, que sería así aplicable en cualquier forma o medio, conocido o futuro, sin ninguna nueva compensación al autor. De este modo, se concede la máxima preeminencia al contrato privado entre el creador de la obra y quien la explota. Por otra parte, el principio del copyright no contempla abiertamente el concepto de derecho moral (el de un autor a la autoría e integridad de su obra).

El derecho de autor, recogido en la mayoría de las legislaciones de la Europa continental (excepto el Reino Unido), incluida España, es de tipo más «protector» y establece la primacía de la ley sobre el contrato privado. Según esta idea, el autor conserva derechos de explotación a lo largo de toda la vida de la obra, de manera que puede reclamar compensaciones si esta es explotada en cualquier forma no prevista inicialmente (por ejemplo, un libro impreso que, sin que medie acuerdo previo entre autor y editor, pase a ser publicado en CD-ROM o en Internet).