Giordano Bruno, quemado en la hoguera


En cada hombre, en cada individuo, se contempla un mundo, un universo
Giordano Bruno

Era invierno, 17 de febrero del año 1600. En la ciudad papal de Roma el gentío acudía a la Piazza di Campo dei Fiori, ávido por asistir a un acontecimiento excepcional. En el lugar que cotidianamente acogía un activo mercado de caballos había también espacio para el patíbulo. Allí un hereje, un hombre que había desafiado con arrogancia la autoridad de la Iglesia y vertido opiniones contrarias a los credos cristianos, era guiado hacia la pira donde consumiría sus últimos momentos. Los verdugos, serenos y obedientes, lo desnudaron y aprisionaron su lengua con un cepo para impedirle pronunciar afrentosas palabras. Instantes después el fuego, lamiendo sus carnes, oficiaba la ceremonia del suplicio y apagaba la vida de Giordano Bruno, filósofo eminente, también controvertido, cuya figura comenzó a agigantarse desde las sombras mismas de su terrible fin.

Nacido Filippo en Nola, cerca de Nápoles, a mediados del siglo XVI, Bruno cambió de nombre en su juventud con motivo de su ingreso en la orden de los dominicos. De este lúcido sacerdote renegado se decía que era capaz de recitar de memoria siete mil pasajes de la Biblia y un millar de los poemas de Ovidio. Aprovechó con excelencia sus estudios monacales, pero su inconformismo lo llevó a retar los fundamentos del dogma, y desde 1576 inició una larga peregrinación por Europa huyendo de sus sucesivos perseguidores. Ginebra, Toulouse, París, Londres, Praga y Fráncfort fueron testigos de sus enseñanzas siempre punzantes, siempre subversivas.

Recogió estas interpretaciones en su obra más célebre, De l’infinito universo e mondi (1584, Sobre el infinito universo y los mundos). Bruno conocía la teoría de Copérnico, que había retirado a la Tierra del centro del universo para situar al Sol en esta misma posición. Sin embargo, no se preocupó en demasía de los aspectos científicos de esta propuesta, sino que exploró libérrimamente sus profundidades filosóficas y pasó a defender la existencia de otros planetas habitados girando alrededor de sus estrellas en un cosmos infinito, “como el alma de Dios”. En su concepto visionario, el universo era igualmente eterno y, por tanto, no creado, y el hombre perdía toda importancia sustancial, para convertirse en una criatura más dentro de los muchos mundos posibles.

Huelga decir que esta postura, sostenida además con vehemencia y crueldad dialéctica para con sus adversarios, le valió multitud de enemigos. Excomulgado por católicos, calvinistas y luteranos, Bruno acudió finalmente a Venecia en 1592 para atender una llamada del aristócrata Giovanni Mocenigo, quien pretendía que le transmitiera el secreto de su buena memoria. Defraudado por su fracaso en el aprendizaje de esta pretendida “magia natural”, Mocenigo denunció a su maestro ante la Inquisición veneciana, que lo extraditó a Roma. En manos del Santo Oficio, el filósofo fue sometido a un largo proceso penal, siete años de privaciones y tormento que culminaron en su condena y ejecución.

Acaso el trágico destino de Giordano Bruno haya alimentado una leyenda no del todo fundada acerca de su contribución a la revolucionaria teoría de los planetas elaborada por Copérnico. Cierto es que las ideas sobre un universo infinito, los mundos paralelos o la ausencia de un centro del universo, que ni el mismo Copérnico se atrevió a proponer, parecen acercarlo a una visión contemporánea del cosmos. Pero tales planteamientos no obedecen a un enfoque riguroso, y están expuestos en la obra del nolano en líneas vagas y poco determinantes para el futuro de la ciencia.

Tampoco parece probado que fuera su apoyo a la hipótesis copernicana el motivo último de su condena. Los textos católicos actuales siguen insistiendo en que tal se debió sobre todo a sus afirmaciones heréticas que negaban la divinidad de Cristo, veían al Espíritu Santo como alma del mundo o auguraban la postrera salvación del Demonio. La falta de documentación histórica fehaciente impide conocer con exactitud los pormenores del proceso eclesiástico.

Lo indudable es que Giordano Bruno pereció víctima de un tiempo de excesos ideológicos que, paradójicamente, se proclamaba heredero de la luz renacentista. Modelo del pensamiento liberal posterior y usado como arma arrojadiza para denunciar uno de los periodos más denostados de la historia del catolicismo, el caso de Bruno ilustra como ningún otro el conflicto entre filosofía y religión y, en definitiva, las dudas surgidas recurrentemente en torno a la trascendencia que el ser humano se otorga a sí mismo en la vastedad del universo.

Referencias:
Esta historia es un extracto del artículo “Principio antrópico” publicado en Acta (http://www.acta.es/medios/articulos/ciencias_y_tecnologia/033009.pdf). Como ampliación se recomienda el artículo “Giordano Bruno y los infinitos mundos”, de David Barrado (http://www.madrimasd.org/blogs/astrofisica/2015/04/29/133670). El profesor de filosofía de la ciencia Carlos Muñoz Gutiérrez ha publicado “Giordano Bruno: el arte de la memoria” (http://serbal.pntic.mec.es/~cmunoz11/artebru.pdf). Un artículo divulgativo en inglés sobre Giordano Bruno y su influencia en la historia del pensamiento es “Particle Man”, de Anthony Gottlieb en The New York Times (http://www.nytimes.com/2008/12/21/books/review/Gottlieb-t.html?pagewanted=all&_r=0).