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El disco de Nebra

 

Medí los cielos, ahora mido las sombras
Epitafio de Johannes Kepler

En el verano de 1999, el bosque de Ziegelroda, unos 180 kilómetros al sudoeste de Berlín, fue escenario de un hallazgo sorprendente. Dos cazatesoros que operaban sin licencia desenterraron, armados con su detector de metales, un insospechado botín: dos espadas de bronce, dos destrales (hachas pequeñas), un cincel, varios fragmentos de pulseras y un extraño disco adornado con incrustaciones de oro y otros metales que ha suscitado controversia entre los científicos. El disco de Nebra, como se ha dado en conocer, es hoy considerado una joya de la arqueoastronomía y se exhibe en el Museo Estatal de Prehistoria de Halle, la ciudad germano-oriental que fue cuna del músico Georg Friedrich Haendel. Lamentablemente, las penosas condiciones de su descubrimiento no solo dañaron el preciado objeto, sino que han vertido algunas dudas sobre su autenticidad.

El disco fue recuperado de las redes del comercio clandestino de obras de arte en 2002, tres años después de su hallazgo, en una operación de la policía suiza de Basilea que permitió seguir el rastro de los saqueadores. Estos consintieron en revelar la localización original del yacimiento a cambio de recibir ciertas dispensas en el proceso judicial que se abrió contra ellos. Pero el enclave, conocido ya de antes por los arqueólogos como un posible asiento de pueblos neolíticos, había quedado seriamente contaminado.

De unos 30 cm de diámetro, tamaño similar a un LP de vinilo, y con un peso de 2 kg, el disco de Nebra contiene una representación estilizada de un mapa astronómico. Su diseño está dominado por dos imágenes centrales, un círculo y un creciente que reproducen las siluetas del sol (o, quizá, la luna llena) y de la luna menguante. Puntos dorados dispersos por su superficie semejan estrellas, y una agrupación arracimada sobre uno de los cuernos lunares recuerda al cúmulo de las Pléyades, las “pastoras celestes” de las culturas arcaicas. Los añadidos curvos en los bordes podrían aludir al arco iris, la Vía Láctea o el Barco Solar también presente en la iconografía del antiguo Egipto.

Una simbología tan completa de los elementos del cielo maravilló a los amantes de la astronomía antigua, pero también llevó a algunos expertos a cuestionar que la pieza fuera auténtica. Los destrozos causados en Nebra por los cazatesoros hacían imposible recrear con garantías el contexto del descubrimiento. En su labor cotidiana, los arqueólogos proceden con extrema cautela, descubren el terreno con cepillos de gran delicadeza y analizan mínimas pistas que les ayudarán, en su labor detectivesca, a datar las piezas y a establecer comparaciones estratigráficas. Los saqueadores profanaron la tierra groseramente y arruinaron toda posibilidad de recrear las condiciones originales del enterramiento.

Para autenticar la pieza fue preciso recurrir a métodos de laboratorio. El análisis de los elementos traza por fluorescencia de rayos X del cobre y el oro que contiene y los estudios de radiocarbono de otros elementos del botín (restos de madera presentes en las espadas) situaron la elaboración del disco de Nebra hacia el segundo milenio anterior a la era cristiana, en plena Edad de Bronce. Estudios ulteriores realizados en universidades alemanas parecen confirmar su autenticidad.

Esta noticia ha llevado a soñar con variadas opciones acerca del uso dado al disco de Nebra en la lejana Prehistoria. Algunos sostienen que refleja una versión simbólica de la bóveda celeste al servicio de la determinación de los solsticios y las estaciones. Los antropólogos establecen paralelismos con el Creciente Fértil, pero también con las culturas siberianas o con los inuits del Ártico americano. Los lectores de la Iliada recuerdan, por su parte, su semejanza con la minuciosa descripción dada por Homero del escudo de Aquiles forjado en la fragua de Hefesto, dios del fuego: “Cinco capas tenía el escudo, y en la superior grabó el dios muchas artísticas figuras, con sabia inteligencia. Allí puso la tierra, el cielo, el mar, el sol infatigable y la luna llena; allí las estrellas que el ciclo coronan, las Pléyades, las Híades, el robusto Orión y la Osa, por sobrenombre el Carro, la cual gira siempre en el mismo sitio, mira a Orión y es la única que deja de bañarse en el Océano”.

Calendario astronómico, objeto decorativo o amuleto mágico del chamán o del guerrero. Tal vez nunca pueda precisarse la verdadera naturaleza del disco de Nebra. Aun así, en estas interpretaciones subyace una intuición, científica y humana, acerca del carácter de los pueblos prehistóricos: los hombres y las mujeres que en la Edad del Bronce poblaron el corazón de Europa tendían un hilo inextinguible entre el destino de sus vidas y el devenir del firmamento.

Referencias:
El disco de Nebra ha sido presentado por Alemania ante la Unesco para solicitar su inclusión en el Registro de la Memoria del Mundo (http://www.unesco.org/new/es/communication-and-information/flagship-project-activities/memory-of-the-world/register/full-list-of-registered-heritage/registered-heritage-page-6/nebra-sky-disc/). Actualmente está expuesto en el Landesmuseum für Vorgeschichte de Halle, Alemania (http://www.lda-lsa.de/en/nebra_sky_disc/). Esta historia es un extracto del artículo “Astronomía prehistórica” publicado en la página web de Acta (http://www.acta.es/medios/articulos/ciencias_y_tecnologia/062033.pdf).
Fecha de publicación en este medio:
Sábado, 14 Noviembre 2015 20:38
Responsable de esta información:
Antonio Rincón Córcoles

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