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El Gran Colisionador de Hadrones y el fin del mundo


Así termina el mundo, no con una explosión sino con un lamento
T.S. Eliot

En el verano de 2008, la comunidad científica de todo el mundo aguardaba expectante el arranque del Gran Colisionador de Hadrones (LHC, por sus siglas en inglés). Gestionado por el CERN y extendido en un túnel bajo tierra de 27 km de perímetro en las cercanías de Ginebra, este superacelerador de partículas abre la esperanza de descubrir algunas de las claves del big bang y la composición íntima de la materia. A las expectativas desbordantes siguió una primera decepción cuando se supo que una fuga de helio líquido debida a una avería obligaba a interrumpir temporalmente los experimentos. La reanudación de las actividades estaba prevista para el verano de 2009.

El proyecto del LHC ha suscitado una intensa polémica en las afueras del ámbito científico. Algunas voces se han alzado con tono apocalíptico para proclamar que podría tener consecuencias devastadoras para el planeta. Dentro de su complejidad técnica, el colisionador pretende un objetivo conceptualmente sencillo: acelerar protones hasta el 99% de la velocidad de la luz y hacerlos chocar frontalmente para producir energías ingentes que permitan simular las condiciones del nacimiento del Universo. Una consecuencia derivada de las altísimas energías manejadas es la posible creación de microagujeros negros que, según los cálculos teóricos más aceptados, tendrían una probabilidad mínima de ejercer acción alguna sobre su entorno.

No obstante, el estadounidense Walter Wagner y el español Luis Sancho presentaron una denuncia ante un tribunal de Hawái contra el CERN y el gobierno de los Estados Unidos, como responsable de parte de la financiación, para intentar frenar la entrada en funcionamiento del LHC. Wagner y Sancho expresaban su temor de que los presumibles microagujeros negros que se engendrarían en los experimentos pudieran engullir al planeta y su entorno. Además, sostenían que de las colisiones entre protones de alta energía podrían resultar partículas de materia extraña capaces de convertir la Tierra en una estrella de neutrones, lo que evidentemente excluiría toda posibilidad de vida en ella.

Los físicos teóricos respondieron a estas acusaciones con complejos modelos matemáticos en los que demostraban la muy limitada probabilidad de que suceda algo semejante. Afirmaron que esta eventualidad era mucho menos probable a que un gran meteorito impacte contra la superficie terrestre y destruya la vida. Estos argumentos no persuadieron a Sancho y Wagner, quienes acusaron a los promotores del LHC de negligencia criminal por ocultar información sobre los peligros inherentes a los experimentos y de genocidio potencial. Resumían su preocupación con una frase muy contundente: “No parece una buena idea invitar al tiranosaurio de la galaxia a nuestra casa”. Transcurrida más de una década, ninguna de estas apocalípticas predicciones se ha cumplido, y el Gran Colisionador de Hadrones ha permitido alumbrar uno de los descubrimientos más extraordinarios del siglo XXI: el bosón de Higgs.

Referencias:
La página del CERN dedicada a este acelerador de partículas contiene amplias informaciones e imágenes espectaculares (http://home.cern/topics/large-hadron-collider). Alberto Casas ha publicado el libro El LHC y la frontera de la física, de alto valor divulgativo. este físico e investigador del CSIC colaboró en el programa radiofónico “Visitamos el LHC, el acelerador de partículas que busca el bosón de Higgs” (http://www.rtve.es/alacarta/audios/latidos-del-mundo/latidos-del-mundo-visitamos-lhc-acelerador-particulas-busca-boson-higgs-20-01-12/1299579/). En un plano más ligero puede leerse la opinión de Stephen Hawking y sus “Cinco versiones del fin del mundo” (http://www.huffingtonpost.es/2015/01/24/fin-del-mundo-stephen-hawking_n_6531032.html), en las que no olvida al LHC.

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