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Demócrito y los panes


Nada existe, excepto átomos y espacio vacío
Demócrito de Abdera

“Pintan a Heráclito lloroso, en el mismo grado que a Demócrito risueño. Es que contemplaba cada uno distinto mal en el hombre: el primero sus desdichas, el segundo sus necedades”. Así describe, en su glosa de personajes ilustres, el padre Benito Jerónimo Feijoo a dos de los grandes sabios griegos de la antigüedad. Si Heráclito ha pasado a la historia como el pensador de lo mudable, según su máxima de que el fundamento de todo está en el cambio incesante, Demócrito de Abdera ha sido considerado, junto a su maestro Leucipo, un precursor de la atomística.

Cuando, ya en pleno siglo XIX, los científicos europeos diseñaron la hipótesis del átomo como elemento indivisible de la materia, se proclamaron herederos ideológicos de Demócrito, quien había propuesto un concepto similar allá por el V a.C. Aunque el camino seguido para alcanzar tal conclusión fue, sin duda, bien distinto en ambos casos si se da crédito a los escritos recogidos de las fuentes antiguas.

Refiere la leyenda que, sumido en una depresión profunda en un difícil momento de su existencia, el sabio de Abdera estaba resuelto a dejarse morir de hambre. Así pasaron los días hasta que sus hermanas, con natural y honda inquietud, urdieron un plan tocado por la astucia. Mientras preparaban la comida para las fiestas de Deméter, diosa de la agricultura y símbolo clásico de la regeneración de la naturaleza, se recrearon en hornear unos panes en el piso superior de la vivienda de Demócrito, de tal manera que el aroma pudiera llegar a la estancia del postrado filósofo. Este flaqueó, comprensiblemente, en su determinación, sintiéndose vivificado por olor tan agradable. Frente a tal tentación, su organismo no tuvo más posibilidad que rebelarse y claudicar del propósito de morir de inanición.

Mas Demócrito, no contento con recuperar el soplo de la vida, resurgió de su melancolía con una idea renovada sobre la constitución de la materia. Su intelecto renacido lo llevó a preguntarse cómo era posible que el pan hubiera llegado hasta sus narices de forma tan etérea. Imaginó que el cálido aroma que le devolvió el entusiasmo por vivir debía estar formado por diminutas partículas de materia que viajaron desde la cocina hasta su dormitorio. Tales partículas, sustancia íntima de la harina horneada, su esencia más básica y natural, debían ser de algún modo indivisibles para ser reconocibles como pan. Ello explica el nombre de átomos, literalmente “lo que no puede dividirse”, que inventó para ellas.

Referencias:
Sobre las ideas atomistas de los griegos antiguos puede leerse “El origen de la idea de vacío en Grecia”, de Carlos Megino, profesor de la Universidad Autónoma de Madrid (http://revistas.uned.es/index.php/endoxa/article/view/5062). El profesor de investigación del CSIC Javier López Facal compara en “Entre Demócrito de Abdera y Peter Higgs” los contrastes entre la filosofía antigua y el pensamiento científico actual (http://sociedad.elpais.com/sociedad/2011/12/14/actualidad/1323876601_989336.html). En inglés se aconseja “Atomism versus holism in science and philosophy”, de Vassilios Karakostas (http://arxiv.org/ftp/arxiv/papers/0905/0905.0139.pdf).

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