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El hombre sin rayos en los ojos


No puedes confiar en tus ojos cuando tienes la imaginación desenfocada
Mark Twain

En abril de 1999, el periodista estadounidense Richard Powers escribió para The New York Times Magazine un artículo en el que rendía homenaje a la, a su entender, mejor idea científica del último milenio. Los lectores quizá se sorprendieran al no encontrar rastro en sus comentarios de Isaac Newton ni de Charles Darwin. Tampoco una mención del genio prodigioso de Albert Einstein. Nada de relatividad, genética ni mecánica cuántica. El elegido por Powers era un escasamente conocido pensador árabe del siglo X, Abú Alí al-Hassan ibn al-Hassan ibn al-Haytham, también llamado Alhazén.

El dominio tecnológico de varios siglos que llevó a Europa a conquistar tierras en todos los continentes en los siglos recientes la ha hecho olvidar su deuda con el pasado. Con suficiencia eurocéntrica injustificada, es corriente describir un desarrollo del pensamiento científico enraizado en la antigua Grecia, que se continuó en Roma y Alejandría antes de reaparecer, después de las tinieblas medievales, en el Renacimiento de Leonardo da Vinci y la Edad Moderna de Copérnico, Kepler y Newton. A veces se recuerda, de soslayo, a los árabes como transmisores o albaceas temporales del saber grecolatino, en cooperación un tanto involuntaria para este menester con los aislados centros monásticos de Europa.

Lo cierto es que los árabes fueron algo más que meros instrumentos conductores. No solo rescataron y reinterpretaron la obra de Aristóteles y demás griegos y alejandrinos, sino que la combinaron con el ingente legado matemático y científico de la India e incluso de la China antigua. A su pujante imperio territorial sumaron una legión de hombres de letras dispuestos a extender un poco más allá las fronteras del conocimiento. Avicena, Averroes o Al-Birani fueron algunas de sus figuras más eminentes. Alhazén, ciudadano de Basora, perteneció a aquella misma elite.

En su tiempo, a finales del primer milenio de la era cristiana, pervivía un debate dialéctico sobre dos modelos posibles de entender el fenómeno de la visión. El primero, defendido con brillantez teórica en los escritos de Euclides, Ptolomeo y otros matemáticos, sostenía que los ojos lanzan unos rayos sutiles hacia los objetos y solo de este modo consiguen verlos. En el bando contrario se alistaban los seguidores de Aristóteles, quien postuló lo contrario: los rayos luminosos viajan de los objetos al ojo. Las dos teorías se sustentaban en un amplio compendio de razonamientos, conjeturas, abstracciones y disquisiciones perfectamente lógicas. Ambas se antojaban completas e internamente consistentes, lo cual no permitía derrumbarlas con el solo aporte de argumentos hipotéticos.

En este debate irrumpió Alhazén con una formulación del problema radicalmente novedosa. Lejos de contentarse con purismos abstractos, descendió a la práctica del sentido común. Reclutó un grupo de voluntarios y los puso a mirar directamente al sol. Muy poco después, el astro permanecía indemne, pese a la insistencia con que los observadores lo asaeteaban con sus “rayos oculares”, en cambio, estos comenzaban a sufrir problemas de visión. Tan sencillo experimento estableció que los rayos transitan desde el sol a los ojos, y no al revés. Durante el resto de su vida, Alhazén compuso un sistema comprensible y fidedigno del fenómeno de la visión, que perduró para la posteridad y sirvió de base a nuevos descubrimientos.

Hoy en día, cuando el hombre ha asumido plenamente este supuesto y ha aprendido incluso a medir la velocidad de la luz que le llega del sol cegador, un debate semejante podría parecer pueril, o incluso ridículo. No hay que olvidar, sin embargo, que el planteamiento actual es posible precisamente por el cambio de enfoque que proporcionó, entre otros, Alhazén. Fue, como ha sido bien reconocido por los especialistas, un claro precursor del método científico que cinco siglos más tarde se abrió paso en Europa con la revolución copernicana.

Referencias:
El de 2015 fue bautizado por las Naciones Unidas como el Año Internacional de la Luz (www.light2015.org). Entre las Science Stories accesibles desde esta página destaca el artículo dedicado a “Ibn Al-Haytham and the Legacy of Arabic Optics”. Elena Soto glosa a Alhazen en “Y la luz se hizo ciencia”, en El Mundo (http://www.elmundo.es/baleares/2015/04/07/552424ff22601d01568b4576.html). La tesis doctoral “El sentido de la luz”, de Ignacio Castillo Martínez de Olcoz, analiza en profundidad en su primera parte (“Ideas y mitos de la luz y de la sombra”, http://www.tdx.cat/bitstream/handle/10803/1378/01.ICM_PARTE_1.pdf?sequence=2) los razonamientos de Alhazén acerca de la naturaleza de la luz y los rayos luminosos.

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