La señora Latimer y el viejo cuatro patas


Azul, oscuro, profundo, hermosamente azul
Robert Southey

Marjorie Courtenay-Latimer sintió una pronta vocación por la naturaleza. Fascinada por la belleza de la Isla de los Pájaros, con apenas once años de edad se prometió a sí misma que dedicaría su vida al estudio de las aves. Sin embargo, su condición humilde la orientó inicialmente hacia la enfermería, que no llegó a cursar por un azaroso golpe del destino: en agosto de 1931, sin una educación formal previa en el campo, fue contratada como conservadora del Museo de East London, en su tierra natal sudafricana.

Por su entusiasmo y dedicación pronto se convirtió en un personaje conocido en la localidad. Reunió para el museo rocas, plumas, conchas y cuantos restos fósiles pudo procurarse. En el puerto de East London era sabida su afición por los especímenes raros y no resultaba infrecuente verla rebuscar en la lonja del pescado posibles piezas para su colección. El 22 de diciembre de 1938, en pleno verano austral, el patrón del Nerine le hizo saber que había capturado una presa singular: un enorme pez desconocido de fuertes aletas lobuladas y una cola atípica. La conservadora se trasladó apresuradamente al puerto, junto con su ayudante Enoch. No sin dificultades, logró convencer a un taxista para que los trasladara de vuelta al museo con su raro acompañante: un pescado de metro y medio, aceitoso y hediondo. En su diario de trabajo, Marjorie anotó sus primeras impresiones de este ser “pulmonado y extraño”. Incapaz de identificarlo en los manuales, buscó la ayuda de su amigo James Smith, ictiólogo de la Universidad Rhodes, a quien tardaba en localizar.

En el bochorno estival de aquellos tiempos no abundaban las cámaras frigoríficas. Aún esperando la respuesta de Smith, Marjorie intentó persuadir a los responsables de la morgue local para que guardaran el animal dentro de las suyas. La respuesta fue rotunda: no mantendrían junto a sus cadáveres a “un pez tan nauseabundo”. Como último recurso, la conservadora recurrió a un taxidermista cuya intervención no resultó del todo conveniente. La formalina no tuvo el efecto esperado y el pescado se descomponía sin remedio. Las azules escamas se agrisaban y perdían rápidamente su textura.

Como Smith seguía sin responder, Marjorie optó por salvar las partes menos perecederas y desechar el resto. El 3 de enero creyó desfallecer cuando, al fin, recibió un telegrama del ictiólogo: “Máxima importancia conservar vísceras...”. Pese al desesperado intento, no pudo rescatarlas de los montones de basura.

Este y otros pequeños desastres no impidieron a Smith reconocer “sin sombra de duda” que el ejemplar en cuestión era un celacanto, una especie que se creía desaparecida más de setenta millones de años atrás. La noticia prendió el entusiasmo de la comunidad científica, que calificó el acontecimiento de mayor hallazgo zoológico del siglo. A falta de mejores datos, se especuló con que los miembros de aquella especie, bautizada como Latimeria chalumnae en honor de Marjorie Courtenay-Latimer, usaban sus robustas aletas pélvica y anal para impulsarse por el lecho marino. De ahí el nombre popular de “cuatro patas” que se les atribuyó.

Durante un tiempo se temió que aquel hubiera sido el único ejemplar vivo del planeta de una estirpe antiquísima, quizá el último de sus fósiles vivientes. Hasta que, catorce años más tarde, se descubrió un animal semejante en las islas Comores, en el Índico occidental. Causó perplejidad saber que, lejos de ser desconocido para la población local, formaba parte de las capturas esporádicas de sus pescadores. Estos no lo consumían, por su mal sabor, pero acostumbraban a usar las gruesas escamas del pescado como parches para remendar las llantas de sus bicicletas.

El celacanto reingresó definitivamente en el mundo de los vivos cuando fue hallado en 1997, en una modalidad algo diferente, en la isla indonesia de Sulawesi. Hubo que esperar al año 2000 para que dos submarinistas avistaran el primer ejemplar en libertad en la reserva marina de Kwazulu-Natal, en Sudáfrica. A unos cien metros de la superficie, aquel animal parecía emerger no del fondo del mar, sino de las profundidades de los tiempos.

Referencias:
La página web de National Geographic contiene una ficha ilustrada del celacanto (http://www.nationalgeographic.es/animales/peces/celacanto). En YouTube (www.youtube.com) y otras plataformas semejantes se exhiben diversos vídeos submarinos con grabaciones de celacantos en libertad. Se aconseja el artículo “Fósiles vivientes”, de la revista del Real Jardín Botánico de Madrid, sobre un proyecto de búsqueda de animales y plantas supuestamente desaparecidos en territorio español (http://www.rjb.csic.es/jardinbotanico/ficheros/documentos/pdf/medios/ecoticiascom31012011.pdf). Puede consultarse también la lección TED de Erin Eastwood sobre el celacanto, un fósil viviente (http://ed.ted.com/lessons/the-coelacanth-a-living-fossil-of-a-fish-erin-eastwood#review).