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Virus en guerra


El ordenador es la evolución lógica del hombre: ciencia sin moral
John Osborne

No se sabe a ciencia cierta quién inventó los virus informáticos “salvajes”, criados fuera de los laboratorios. El dudoso honor se atribuye a Rich Skrenta, más tarde presidente ejecutivo de Topix.net, quien en 1982 diseñó un programa que atacaba al sistema operativo Apple DOS 3.3 y se contagiaba a través de disquetes. Siguieron varios lustros de evoluciones crecientemente dañinas que, con la universalización de Internet, alumbraron a principios del siglo XXI una legión de “bichos” cada vez más depurados. El sistema operativo Windows y su propietaria, la compañía estadounidense Microsoft, se convirtieron en objetivo y vehículo predilecto de estas prácticas.

Rebeldía juvenil, odio a las instituciones, exhibicionismo, complejo de superioridad o mera intención de perjudicar a un enemigo son algunos de los motivos que han esgrimido los sociólogos y expertos en tecnología para explicar qué mueve a jóvenes genios de la informática a actuar como francotiradores cibernéticos. Muchos de estos crackers, como el propio Skrenta, terminan en la madurez por ocupar un cargo ejecutivo en empresas prestigiosas. Pero en su etapa inconformista miran a menudo sus virus como obras de arte y se emocionan ante la potencia de sus efectos destructores.

En este espíritu se enmarcó la proliferación de gusanos (virus informáticos que se difunden solos) vivida a principios de 2004. Los anónimos creadores de Bagle, aparecido el 18 de enero, recibieron mal el éxito del poderoso Mydoom, que empezó a propagarse, probablemente desde la gélida Rusia, nueve días más tarde. Todo empeoró a mediados de febrero cuando el recién creado gusano Netsky se dedicó con esmero a insultar a los “padres” de Bagle y a deshacer sus estropicios. La guerra estaba servida.

A finales de marzo, una veintena de variantes de cada rival circulaban inyectando su veneno por el correo electrónico: millones de internautas vieron inundado su buzón de basura vírica, muchos se infectaron. En cada nueva versión crecía el enfrentamiento, expresado dentro del propio código del programa en comentarios no precisamente de felicitación. Este juego competitivo pasó a buscar el descrédito del contrario, la victoria sobre él provocando el mayor número de contagios en el menor tiempo posible. Hubo daños colaterales: varios servidores de Internet se colapsaron y se hicieron necesarias importantes inversiones en seguridad. Aun así, cuando decayó su entusiasmo, estos señores de la guerra electrónica quedaron bastante lejos de la marca establecida por el virus Agobot: unas 170 mutaciones desde octubre de 2002.

Referencias:
La revista PC World Digital se hizo eco de la guerra de 2004 (http://www.idg.es/pcworld/estructura/VersionImprimir.asp?idArticulo=157227). En la página http://www.viruslist.com/sp/viruses/encyclopedia se analizan los programas maliciosos, su historia y sus tendencias. El sociólogo Manuel Castells (http://www.manuelcastells.info/es) ha publicado numerosos libros y artículos sobre el poder de las redes de comunicación. Uno de sus artículos más influyentes lleva el título de “Hackers, crackers, seguridad y libertad”.

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