Proyectiles y huevos


Y, sin embargo, se mueve
Atribuido a Galileo Galilei

El agrio debate protagonizado en el siglo XVII por Galileo y el jesuita Orazio Grassi acerca del comportamiento de los cometas en el espacio se cita con frecuencia como ejemplo de lo antitético del modo de pensar antiguo y moderno. La discrepancia entre ambos enfoques se explica en términos sencillos: Grassi opinaba que los proyectiles (y, en concreto, los cometas) se calientan al desplazarse por el aire, Galileo sostenía lo contrario. Dotado de una amplia erudición clásica, Grassi recurrió al método entonces más tradicional para sustentar su idea. Rebuscó en sus anaqueles de textos grecolatinos y halló la referencia de un historiador heleno que refería una curiosa costumbre de los pueblos babilonios: según tal crónica, los mesopotámicos cocían huevos atándolos al extremo de una honda y haciendo girar esta rápidamente. El jesuita concluyó, ufano, que tal era una prueba irrefutable de que los proyectiles se calientan.

Este argumento no tardó en ser demolido por Galileo. Fiel a su método empírico, el pisano se olvidó de toda autoridad que hubiera escrito antes sobre el tema y se lanzó a reproducir el supuesto acto de cocción. Ató un huevo al extremo de una cuerda y lo giró hasta quedar exhausto. Huelga decir que el huevo seguía crudo. No satisfecho aún, lo coció al fuego y volvió a repetir la operación. El resultado fue incuestionable: el huevo recién cocido se enfrió en el extremo de la honda.

El párrafo de Il Saggiatore en el que Galileo desacredita los argumentos de Grassi habla con elocuencia del talante polémico y despiadado del sabio de Pisa: “Si Sarsi [seudónimo de Grassi] pretende que yo crea que los babilonios cocían los huevos haciéndolos girar con hondas a toda velocidad, lo creeré, pero la causa de tal efecto es muy diferente de la que él supone, y para descubrir la verdadera causa razonaré de esta manera: si no logramos un efecto que otros ya han obtenido, debe ser porque en nuestras operaciones nos falta aquello que produjo su éxito, y si nos falta una cosa será esa cosa la verdadera causa. Ahora bien, huevos no nos faltan, ni hondas, ni hombres fuertes que las hagan girar, y aun así nuestros huevos no se cuecen, y antes que calentarse se enfrían. Y como lo único que nos falta es ser babilonios, es ser babilonio lo que hará cocer los huevos, y no la fricción del aire”.

El acierto de Galileo no está en la mordaz crítica que vertió sobre su rival (la conclusión que obtuvo es errónea: hoy se sabe que los proyectiles pueden enfriarse o calentarse en el aire dependiendo de su velocidad), sino en el método: no basta fiarse de lo que han dicho otros, sino que es preciso contrastar las teorías con hechos experimentales reproducibles. Por lo demás, la arrogancia con que Galileo solía humillar a sus adversarios no le ayudó precisamente a encontrar aliados en su último y doloroso trance: el que supuso su reclusión hasta la muerte, anciano y casi ciego, por orden del Santo Oficio.

Referencias:
El artículo “Nueva luz en el caso Galileo”, firmado por M. Artigas, R. Martínez y W.R. Shea, expone las circunstancias que rodearon al juicio eclesiástico contra el que es considerado uno de los fundadores de la ciencia moderna (https://www.unav.edu/web/ciencia-razon-y-fe/nueva-luz-en-el-caso-galileo). Sergio de Régules aborda en su blog algunos de los rasgos más relevantes de la personalidad de Galileo y recrea su debate con Orazio Grassi (http://imagenenlaciencia.blogspot.com.es/search?q=galileo). Sobre la naturaleza del método científico puede consultarse “The Scientific Method”, de B.K. Jennings, en el repositorio arxiv (http://arxiv.org/pdf/0707.1719.pdf).