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Los rayos que nunca existieron


El primero y el peor de los fraudes es engañarse a uno mismo
Philip James Bailey

Varios han sido en el curso de la historia los anuncios de resonantes descubrimientos científicos a los que el tiempo ha desprovisto no solo de su injustificado lustre, sino de toda su pretendida veracidad. Uno de los casos más célebres es el del profesor francés René Prosper Blondlot, de la Universidad de Nancy. Arrastrado por el sorprendente e inesperado hallazgo de los rayos X por Röntgen unos años antes, Blondlot creyó haber encontrado, mediado el año 1903, otras radiaciones misteriosas que supuestamente eran emitidas por todos los metales. Sus rayos, a los que llamó N en honor a la universidad donde trabajaba, solo podían verse en sutiles experimentos realizados en condiciones de semioscuridad proyectados sobre un papel blanco. Otros entusiastas investigadores corroboraron la existencia de rayos N en sus propios laboratorios. Homenajeado en toda Francia y galardonado incluso por la Academia Francesa, Blondlot se enfrentó al escepticismo de muchos colegas, que se declararon incapaces de repetir tales resultados. Para defenderse de estas dudas el científico galo alardeaba con mayor énfasis aún de las “fascinantes propiedades de los rayos N”, que según él no seguían las leyes comunes de la física.

Entre las voces más críticas acerca de los rayos de Blondlot se situaba la de la revista Nature. Con el interés de esclarecer la situación, sus responsables enviaron al laboratorio de Blondlot al físico estadounidense Robert W. Wood, de la Universidad Johns Hopkins. Wood asistió en persona a los afanes experimentales del francés y sus ayudantes y se sorprendió de la exactitud con la que obtenían una y otra vez un mismo resultado que él no alcanzaba a verificar. Entonces tomó una decisión arriesgada: aprovechando un descuido, retiró del equipo experimental un prisma que era esencial para la proyección de los supuestos rayos. Blondlot, ingenuo y deslumbrado con su hallazgo, repitió el experimento y reprodujo idénticas medidas a las que había obtenido antes, sin apercibirse siquiera de que el prisma no estaba. La publicación por Wood del episodio derrumbó la carrera del científico francés. Nadie le atribuyó, no obstante, malicia en el fraude, al contrario, se comprendió que había sido víctima de un autoengaño que afectó también a varios de sus colegas. Todos habían visto, simplemente, aquello que querían ver.

Referencias:
El de los rayos N es un claro ejemplo de lo que el Premio Nobel de química Irving Langmuir dio en llamar ciencia patológica. En Wikipedia puede accederse a una sucinta introducción a esta idea en su versión en castellano (https://es.wikipedia.org/wiki/Ciencia_patol%C3%B3gica) o, preferiblemente, en inglés (https://en.wikipedia.org/wiki/Pathological_science). La conferencia de 1953 en que Langmuir acuñó el término de ciencia patológica y en la que analizó los rayos N como uno de sus ejemplos puede consultarse en el material divulgativo en inglés de la Universidad de Princeton (https://www.cs.princeton.edu/~ken/Langmuir/langmuir.htm). El blog del búho ofrece una revisión divulgativa del concepto de ciencia patológica (http://elblogdebuhogris.blogspot.com.es/2015/02/ciencia-patologica-y-poliagua.html).

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