Los experimentos más bellos


Dondequiera que haya un número anida la belleza
Proclo

En septiembre de 2002, la edición de la revista científica Physics World recogía un artículo singular: la relación de los diez experimentos más bellos de la historia de la física. La idea partía de una propuesta del estadounidense Robert P. Crease, historiador del Laboratorio Nacional Brookhaven y profesor del departamento de filosofía de la Universidad Estatal de Nueva York, quien la propuso a modo de una encuesta entre los profesionales de la física. La clasificación final recogía algunas de las más brillantes genialidades de la mente humana.

Entre los experimentos elegidos no podían faltar algunos míticos, a veces envueltos en un halo de leyenda que no ocultaba la originalidad de sus autores. El más antiguo correspondía al griego Eratóstenes, quien en el siglo III a.C. determinó con asombrosa exactitud el valor del radio terrestre comparando simplemente la longitud de la sombra de una vara hincada en el suelo en dos puntos geográficos distantes. También figuraba Galileo Galilei, que para convencer a sus coetáneos de que los objetos densos no caen más rápido que los aparentemente más ligeros de igual masa no dudó, según una historia acaso más legendaria que real, en subirse a la cima de la torre inclinada de Pisa para demostrar las leyes de la gravedad de los cuerpos.

El ilustre Newton aparecía citado por su experimento de descomposición de la luz blanca con un sencillo cristal prismático que reproducía un efecto de arco iris. Y también figuraban el inglés Henry Cavendish, quien supo calcular con enorme precisión el valor de la constante de gravitación con una sencilla balanza de torsión, y el francés Jean-Bernard Foucault, que colgó una bola de hierro de una cuerda sujeta a la bóveda del Panteón de París para mostrar visualmente el movimiento de rotación de la Tierra.

Más próximos en el tiempo quedaban los primeros hallazgos relacionados con el modelo atómico. En 1897, el estadounidense Robert Millikan recurrió a un pulverizador de perfume para inyectar gotas minúsculas de aceite en una cámara transparente, al quedar estas gotitas cargadas electrostáticamente tras su roce con el aire, fue capaz de determinar mediante un método de reducción cuál era el valor de la carga eléctrica mínima existente en la naturaleza: la del electrón. Años más tarde, Ernest Rutherford dedujo la estructura del modelo atómico (núcleo y corteza electrónica) bombardeando una delgada lámina de oro con partículas alfa (núcleos de helio).

Sin embargo, el experimento elegido como el más “bello” de la historia, según la revista a raíz de la encuesta realizada entre sus lectores, es la interferencia de doble rendija de Young para la detección de electrones individuales. Concluido en 1961, este diseño era un procedimiento para comprobar la naturaleza cuántica de los electrones a partir del fenómeno de la interferencia que supo demostrar que estas partículas elementales también se comportan como ondas.

Referencias:
El artículo original del “experimento más bello” se puede consultar en Physics World (physicsworld.com. se requiere registro, que es gratuito). Para una explicación divulgativa del experimento elegido, véase el artículo de Investigación y ciencia titulado “Y el experimento de la doble rendija se hizo realidad”, firmado por Enrique Borja (http://www.investigacionyciencia.es/blogs/fisica-y-quimica/31/posts/y-el-experimento-de-la-doble-rendija-se-hizo-realidad-11103). Sobre la belleza y la verdad en la física, se aconseja la distendida charla TED impartida por Murray Gell-Mann, Premio Nobel de física por sus trabajos de unificación en la teoría de partículas (https://www.ted.com/talks/murray_gell_mann_on_beauty_and_truth_in_physics?language=es).