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Personajes

El griego Eratóstenes de Cirene midió en el siglo III a.C. el radio de la Tierra estudiando la longitud de la sombra de un palo en dos lugares diferentes: Alejandría y Atenas. El resultado que obtuvo, tras aplicar ingeniosos métodos geométricos, difería en menos del 15% del valor del radio terrestre determinado hoy por los satélites de medición más avanzados.

El genial Albert Einstein apenas destacó durante sus años universitarios. Cuando, en 1905, presentó los artículos que contenían la teoría de la relatividad llamados a revolucionar el mundo de la ciencia trabajaba como un oscuro funcionario de la Oficina de Patentes de la ciudad de Berna.

Benjamin Franklin, científico y patriota estadounidense, inventó el pararrayos tras estudiar el comportamiento de las tormentas haciendo volar una cometa entre nubes cargadas de electricidad. Tuvo suerte. Otros que le imitaron en su singular método de experimentación murieron electrocutados.

Nadie duda de la valía científica de Isaac Newton. Sin embargo, su actuación en el proceso por decidir quién había inventado el cálculo infinitesimal, él o Leibniz, demostró una dudosa valía moral: se aprovechó de su cargo de presidente de la Royal Society de Londres para hundir a su rival. La historia ha hecho justicia y reconoce a ambos el mérito de este descubrimiento.

El compositor ruso Alexandr Borodín, autor de El príncipe Igor, con sus célebres Danzas polovtsianas, y de otras conocidas piezas clásicas, en realidad era un músico ocasional. Su profesión era la de químico especializado en orgánica.

En 1851, el francés Jean-Bernard Foucault colgó una bola de hierro de 28 kg de la cúpula del Panteón de París y la hizo oscilar en un movimiento pendular. Después pegó una bola a la pluma y marcó en el suelo un círculo con arena húmeda. El resultado de su experimento maravilló a muchos. La bola parecía ir girando lentamente para describir la trayectoria del círculo: era el reflejo invertido del movimiento de rotación de la Tierra.

El británico Arthur Eddington, gran científico y divulgador, no solo fue un pionero al exponer la teoría de la relatividad en inglés (Einstein la explicó en alemán) sino que también la cimentó con nuevos argumentos, la amplió y fue el primero en comprobarla empíricamente en una expedición a la isla africana del Príncipe para, durante un eclipse, medir la curvatura de los rayos solares por efecto de la gravedad.

En el siglo XX, el sueño de volar, uno de los más largamente acariciados por el hombre, se convirtió en una realidad cotidiana para muchas personas. En los albores del XXI comenzó a materializarse otra ansiada aspiración: viajar al espacio. En 2001, el estadounidense Dennis Tito fue el primer “turista espacial” de la historia, a bordo de una nave rusa Soyuz. Al año siguiente, el millonario sudafricano Mark Shuttleworth siguió su estela comprando a un precio nada despreciable un billete para acercarse hasta la Estación Espacial Internacional.

El estadounidense Alexander Graham Bell patentó el teléfono, uno de los inventos capitales de la sociedad contemporánea. Sin embargo, no fue realmente su inventor. Tras años de presiones de historiadores y grupos italoamericanos, en 2002 el Congreso de los Estados Unidos reconoció el mérito a Antonio Meucci, científico italiano emigrado a Nueva York y verdadero conceptor del “teletrófono”, como él le llamó.

Un caso emparentado, aunque bien distinto, es el de Thomas Alva Edison. Considerado popularmente el inventor de la bombilla, en realidad Edison no hizo sino perfeccionar sistemas previos de otras personas, que tuvo buen cuidado en patentar. De hecho, a lo largo de su vida, el estadounidense patentó unos dos mil inventos que, como cabe sospechar, no fueron siempre resultado de su ingenio. En disputa con Nikola Tesla, hoy enaltecido como genio singular, se atribuyó mejoras en el perfeccionamiento de la corriente eléctrica útil para el consumo. También Edison disputó con los hermanos Lumière por la primicia del cinematógrafo, y su originalidad en el desarrollo del fonógrafo también elude los méritos de sus predecesores. Sin duda, Edison fue un notable científico con ideas extraordinarias pero, sobre todo, un hombre dotado de pocos escrúpulos y de un magnífico olfato comercial.

Es bien sabido que Marie Curie consiguió dos veces el Premio Nobel: en 1903 el de física y en 1911 el de química. Pero hubo otro científico doblemente galardonado: Linus Pauling obtuvo el Premio Nobel de química en 1954 y, ocho años más tarde, el de la paz.

Se cuenta que Christopher Wren, arquitecto inglés del período barroco y artífice de la londinense catedral de San Pablo, no lograba convencer a las autoridades del municipio Windsor de la solidez del edificio que estaba construyendo para ellos. Para tranquilizarles, concedió levantar varias columnas presuntamente “de refuerzo” de la estructura que, en realidad, ni siquiera tocaban el artesonado. Hoy, 300 años más tarde, estas “columnas placebo” se sostienen erectas como, huelga decirlo, el resto de la construcción de Wren.

Thomas Midgley (1889-1944), ingeniero mecánico estadounidense devenido en químico, fue autor de dos inventos muy alabados en su tiempo: el “plomo tetraetílico”, aditivo de las gasolinas, y los clorofluorocarbonos (CFC). Ambos inventos, que se usaron a escala industrial durante décadas, demostraron con el tiempo ser altamente contaminante, el primero, y destructor de la capa de ozono, el segundo. Como reseñó un historiador con cierta sorna, Midgley “tuvo más impacto en la atmósfera que cualquier otro organismo individual en la historia de la Tierra”.

El avance de la ciencia se sustenta a veces en experimentos lunáticos. El químico francés Pilatre de Rozier, pionero de la aeronáutica de finales del siglo XIX, ensayó la inflamabilidad del hidrógeno introduciéndose bocanadas de este gas en la boca e insuflándolo después sobre una llama. Como señala el escritor Bill Bryson, demostró que el hidrógeno es combustible y que “las cejas no son forzosamente una característica permanente de la cara de los seres humanos”.

En su libro Una breve historia de casi todo, Bryson refiere también una anécdota del brillante y huidizo británico Henry Cavendish: para comprobar la resistencia humana al paso de la electricidad, se sometió a sí mismo a descargas graduadas de corriente y anotó “los niveles crecientes de sufrimiento hasta que ni podía sostener la pluma ni a veces conservar la conciencia”.

Uno de los primeros experimentadores de la electricidad, el italiano Luigi Galvani, elaboró en el siglo XVIII su experimento más famoso estudiando la conducción eléctrica surgida espontáneamente en los batracios: “ensartó una ristra de ancas de rana con ganchos de latón colgados a lo largo de una verja de hierro de su jardín y quedó sorprendido al verlas retorcerse sin ningún estímulo” (Walter Gratzer, Eurekas y euforias).

El inglés Arthur Stanley Eddington, educado en un colegio cuáquero, hombre tímido y amable, ferviente antimilitarista y acaso el astrónomo más dotado de su época, fue uno de los primeros valedores de las teorías de Einstein. Abrazó la idea de la relatividad especial, la postulada en 1905, como una revelación y se comprometió a divulgarla y apoyarla entre la comunidad científica. En cierta ocasión, hablando de la dificultad conceptual de estos planteamientos, se le comentó que, según se decía, únicamente había en el mundo tres personas capaces de entender la teoría de la relatividad. Tras guardar un silencio incómodo, Eddington respondió: “Estoy tratando de pensar quién es la tercera persona”.

La historia del descubrimiento de la configuración en doble hélice del ácido desoxirribonucleico (ADN), uno de los más resonantes de la ciencia universal, tiene un envés trágico y oscuro. Sus artífices, el británico Francis Crick y el estadounidense James Watson, desentrañaron el modelo a partir de una fotografía clave de difracción de rayos X que les fue suministrada por Maurice Wilkins. Los tres recibieron el Premio Nobel de fisiología o medicina de 1962. La sombra del relato reside en el modo en que Wilkins logró la imagen clave: la tomó “prestada” sin permiso del cajón de su colega Rosalind Franklin, brillante y denodada cristalógrafa que había tenido una inspiración genial al conseguirla. La prematura muerte de Franklin (con 37 años, de un cáncer posiblemente relacionado con sus investigaciones con radiación ionizante) y su condición de mujer le privaron del reconocimiento que, aún tardíamente, la comunidad científica se esfuerza por restituirle.

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